El Vaticano formalizó este jueves la excomunión de seis obispos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), el grupo católico tradicionalista conocido como "lefebvriano", luego de que la congregación consagrara a cuatro nuevos obispos sin autorización papal. La medida, la sanción más grave que puede imponer la Iglesia, reabre una fractura que Roma arrastra desde hace más de medio siglo.
El decreto, con fecha del 2 de julio y firmado por el cardenal argentino Víctor Manuel Fernández —prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el organismo que vela por la ortodoxia católica—, llegó apenas 24 horas después de la ceremonia celebrada la mañana del 1 de julio en Écône, Suiza, sede histórica de la Fraternidad. Allí, ante una multitud que las fuentes estiman entre 15.000 y 16.500 personas, los obispos Alfonso de Galarreta (español) y Bernard Fellay (suizo) ordenaron a cuatro presbíteros: los franceses Michel Poinsinet de Sivry y Marc Hanappier, el estadounidense Michael Goldade y el suizo Pascal Schreiber.
Para dimensionar el alcance de la sanción conviene precisar los términos. La excomunión decretada es latae sententiae: opera de manera automática —"ipso facto", por el solo hecho de cometer el acto— y no requiere un juicio previo. En la práctica, quien la sufre queda apartado de la comunión de la Iglesia: no puede recibir sacramentos ni ejercer funciones eclesiales. El Vaticano calificó las consagraciones como un "acto de naturaleza cismática", es decir, una ruptura formal con la autoridad del Papa.
La decisión no se limita al clero. La Santa Sede advirtió que también quedan excomulgados los fieles laicos que se adhieran formalmente a la Fraternidad, retomando un criterio fijado en 1996: elegir conscientemente a la FSSPX por sobre la obediencia al Pontífice. Además, Roma revocó concesiones otorgadas por el fallecido papa Francisco, por lo que las confesiones y los matrimonios celebrados por sacerdotes lefebvrianos pasan a considerarse inválidos.
Quiénes son los lefebvrianos
La Fraternidad fue fundada en 1970 en Suiza por el arzobispo francés Marcel Lefebvre como reacción al Concilio Vaticano II (1962-1965), el gran proceso de modernización que abrió la Iglesia al diálogo con otras religiones y permitió celebrar la misa en lenguas locales en lugar del latín. Para este sector ultraconservador, aquellas reformas representaron una traición a la tradición. El grupo conserva la antigua misa en latín y rechaza buena parte de la doctrina posconciliar.
El pulso con Roma tiene largo historial. En 1988, el papa Juan Pablo II ya había excomulgado a Lefebvre y a otros cuatro obispos consagrados sin permiso, en un episodio también declarado cismático. Dos décadas después, en 2009, Benedicto XVI levantó aquellas excomuniones en un intento de acercamiento que nunca terminó de cerrar la brecha. La ordenación de esta semana, en cambio, vuelve a tensar la cuerda hasta cortarla.
El golpe a la agenda de León XIV
La sanción impacta de lleno al papa León XIV, el primer pontífice estadounidense, que ha hecho de la unidad de la Iglesia una bandera de su mandato y que había buscado tender puentes con el ala tradicionalista. Según la reconstrucción de los hechos, el cardenal Fernández se reunió en febrero con el superior de la FSSPX, el padre Davide Pagliarani, y le ofreció diálogo; Pagliarani pidió ser recibido por el propio Papa, quien declinó el encuentro pero le envió una carta suplicándole que suspendiera las consagraciones. La Fraternidad hizo caso omiso.
Desde la vereda opuesta, la FSSPX defendió las ordenaciones como una "necesidad" para garantizar su continuidad y asegurar futuras vocaciones sacerdotales. Pagliarani sostuvo que el grupo no busca separarse de la Iglesia Católica y lamentó no haber podido exponer sus argumentos ante León XIV.
El episodio deja al descubierto una disputa de fondo que excede lo estrictamente religioso: quién tiene la autoridad para definir qué es la tradición y hasta dónde puede una comunidad reclamarse católica mientras desconoce al Papa. La Fraternidad afirma tener alrededor de 1.500 miembros —entre sacerdotes, seminaristas, religiosos y religiosas— presentes en más de 70 países, con una base de fieles que supera el medio millón. Para todos ellos, el decreto plantea una pregunta incómoda: seguir a sus pastores o permanecer en comunión con Roma. La Iglesia, por su parte, dejó abierta una puerta de regreso para quienes quieran reincorporarse.



